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martes, 22 de octubre de 2013

La Lotería

Nuria Barbosa León, periodista de Granma Internacional y Radio Habana Cuba
Desde que tuvo conciencia, Guillermo Elizalde Sotolongo, escuchó pedir a su mamá, todos los días, una casita en el pueblo.
Nacido en 1930, su infancia transcurre en el poblado Vegas, cerca de la ciudad de San Nicolás, de Bari muy próximo a Matanzas. Su padre, obrero en tiempo de zafra, en el central Gómez Mena devengó salario sólo tres meses al año. Los restantes despertaba temprano en las mañanas a buscar cualquier actividad agrícola en las fincas vecinas que le aportara unos centavos para su prole.
La madre de Guillermo parió diez hijos, cuatro de ellos murieron en el primer año de vida y los otros sufrieron el andar descalzo, refugiarse del frío tapándose con sacos de azúcar, comer harina con manteca, vestirse con las ropas remendadas donadas por otros y padecer los males sociales del capitalismo.
Al nacer en la casa, en manos de una comadrona, ninguno de los niños fue inscrito en el Registro Civil, sólo al cumplir los 18 años y con el propósito de participar en las elecciones tuvo en sus manos una certificación de nacimiento. Incluso hasta con error porque se adulteró el año de nacido para hacerlo mayor de edad.
Para obtener los alimentos en la bodega del pueblo, perteneciente a los dueños del central, la familia mantuvo una libreta en la cual sumaban los productos adquiridos a crédito que luego serían descontados del salario del padre al comenzar la molienda.
Este aferrado a la suerte del juego, siempre estaba detrás de una apuesta, que en muchas ocasiones le hizo perder hasta los pocos centavos acumulados para la comida de sus hijos. En ese momento de desespero las lágrimas brotaban sin compasión.
A la familia le llegó la felicidad cuando el vendedor de billete le informó que había ganado la lotería.
La noticia corrió rápido. La madre dio gracias ante sus imágenes religiosas y dijo que la habían bendecido. Se le notaba eufórica haciendo planes y renegando la pobreza vivida hasta esos días. Repetía una y otra vez de comprar su casita y de vestir a los muchachos con ropas lindas y nuevas.
Para los vecinos resultaba un acontecimiento, entre todos buscaron un cerdo para compartir y enseguida se planificó la fiesta.
El padre se vistió con la mejor camisa y salió al pueblo a cobrar el dinero. Regresó borracho, encima del caballo que lo condujo hasta la casa, unos pesos en el bolsillo y el deseo de seguir gastando en juego.

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