

El producto de la sacarosa brindó por mucho tiempo el sustento a una prole de diez hijos, quienes aprendieron a dar filo a la mocha, andar escasos de ropas y descalzos por las guardarrayas, beber el jugo de la caña como único alimento en el día, festejar la comida cuando se conseguía, dormir en hamacas y apilados en la casa de horcones de madera, techo de guano y piso de tierra.
Para él y su familia, la Revolución cumplió con un sueño, añorado, bendecido y necesario. En los primeros años todos los días hubo un discurso para aplaudir, una medida de cambio a celebrar, una tarea por cumplir, una jornada para acudir.
Las difíciles condiciones del campamento: literas en grandes naves bajo techo, duchas de agua fría en los alrededores, baño colectivo, comedor con bastante comida en bandejas metálicas y reuniones diarias, se alivian con los chistes diarios y la convicción de no ser un flojo o rajaó.
Un día, Máximo llega al campo y conoce que en la otra brigada cortaba Fidel Castro en una faena de trabajo voluntario. En un momento de receso para tomar agua, ve al Comandante entre un grupo de curiosos que deseaban entablar algún tipo de diálogo.
Se concentra en su tarea, y arremete la mocha a una feroz velocidad. Su deseo, derribar la mayor cantidad de caña para cumplir con la norma del día, lo antes posible, y ayudar en la contracandela a otra persona rezagada.
Siente la proximidad del líder de la Revolución, con el cuerpo sudoroso bajo el uniforme verde olivo. Entonces, no hubo tiempo que perder, el brazo subió y bajó sin cansancio, no hubo fatiga, no hizo falta otra consigna o frase. Su empeño: demostrar la seguridad en el triunfo.